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El desconcierto británico

  • Por Dr. Alfredo Crespo Alcázar
  • 19 junio 2017

Los resultados de las elecciones generales celebradas en Reino Unido el pasado 8 de junio han arrojado nuevas dosis de incertidumbre en lo que atañe al futuro inmediato del país. Ni el Partido Conservador logró repetir la mayoría absoluta alcanzada por David Cameron en 2015, ni el Partido Laborista parece una amenaza sólida para el actual gobierno. Al respecto, sobresalieron dos reacciones un tanto alejadas de la realidad: por un lado, el superávit de optimismo representado por Jeremy Corbyn y por otro, el déficit de autocrítica apreciable en las explicaciones de “la ganadora” Theresa May.

Sin embargo, la lista de perdedores no reduce sólo a laboristas y conservadores. En efecto, el “otro” gran derrotado tras el 8 de junio ha sido el Scottish National Party (SNP) por lo que cabe preguntarse si aparcará su insistencia en la celebración de un nuevo referendo idéntico al de septiembre de 2014 que, de llevarse a cabo, cuestionaría inevitablemente la integridad territorial de Reino Unido. En cualquier caso, los 35 diputados obtenidos no deben desmerecerse, si bien sus opciones de influir en las grandes decisiones políticas quedan limitadas básicamente a su dominio del Parlamento escocés, escenario donde disfruta de mayoría (aunque no absoluta).

El laborismo ha recuperado terreno en Escocia, otrora su gran bastión, lo que desautoriza las supuestas ansias independentistas a las que han apelado de manera reiterada Nicola Sturgeon y Alex Salmond. Tampoco la autocrítica ha aparecido en el nacionalismo escocés a la hora de juzgar su tangible retroceso electoral. Por el contrario, le ha resultado más cómodo aludir a una supuesta alianza unionista, casi conspiración, concebida para frenar al independentismo escocés.

Finalmente, UKIP quedó fuera de Westminster aunque su influencia a la hora de radicalizar el discurso tory hacia la UE permanece intacta. El hecho de que Boris Johnson y David Davis (dos de los principales adalides del “Brexit duro”, es decir, aquel que prioriza las cuestiones relacionadas con la inmigración y que concibe al Reino Unido de una manera más propia de la época victoriana que del siglo XXI) conserven sus carteras ministeriales así lo corrobora.

Este último fenómeno también demuestra que Theresa May pretende actuar como si el 8 de junio nunca hubiera sucedido, lo que supone un craso error ya que, con total seguridad, al no disponer de mayoría absoluta deberá moderar su propuesta de “Brexit duro” asumiendo los consiguientes reproches que se multiplicarán dentro de su partido y de su gabinete. Sin embargo, tal potencial conducta podría ser contrarrestada por los tories eurófilos, aglutinados alrededor de Conservatives for Europe, a quienes estas elecciones les ha abierto una ventana de oportunidad no sólo para insistir en la opción de un “Brexit blando”, sino para evitar que en las relaciones de su país con la UE se produzca un choque de trenes, consecuencia de la intransigencia del gobierno británico denunciada en sede parlamentaria por el histórico Ken Clarke.

El Partido Conservador británico desde su retorno al gobierno en 2011 ha tenido como constante en su funcionamiento introducir innecesarios interrogantes en el destino del país, por ejemplo magnificando las supuestas virtudes terapéuticas de los referendos. Además, la reciente convocatoria electoral cabe interpretarla como un deseo de consolidarse en el gobierno, con la finalidad única de aplicar un programa que no procede de un consenso amplio y que tiene en la relación con la Unión Europea el punto principal, casi único.

Con todo ello, la dinámica adquirida por las dos formaciones que han gobernado Reino Unido desde la segunda mitad del siglo XX nada tiene que ver con las interacciones mutuas que entre ambas se produjeron décadas atrás y que aseguraron la continuidad de los programas políticos y económicos. En efecto, si el gobierno de Clement Attlee influyó significativamente en el credo del Partido Conservador entre 1951-1975, lo mismo se puede predicar del influjo ejercido por Margaret Thatcher (1979-1990) en la transformación del Partido Laborista obrada por Blair y teorizada por Anthony Giddens.

Al respecto, Jeremy Corbyn personifica la ola de populismo de izquierda que ha asolado al continente europeo a partir de la crisis económica de 2008. Sus ideas trufadas de demagogia en ningún caso representan al votante laborista en su conjunto sino a un sector del mismo aglutinado alrededor de Momentum. Su desplazamiento hacia la izquierda del espectro político le garantiza abundantes titulares en la prensa pero le incapacita para ejercer una oposición seria. De hecho, las principales felicitaciones han llegado de formaciones como Syriza y Podemos que han coincidido en calificar de “éxito” los resultados de Corbyn, subestimando deliberadamente la distancia de 57 diputados que aún le separa de los tories y la rapidez con que May forjó una alianza con el norirlandés Democratic Unionist Party (DUP), frente a la tentación de Corbyn de establecer un gobierno integrado por una multiplicidad de partidos, cuyo único nexo descansaba en rechazar al Partido Conservador.

Por tanto, un interrogante se cierne sobre el presente del laborismo ¿optará Corbyn por la socialdemocracia o incrementará su apuesta por el populismo? La primera opción entronca con la mayor parte de la historia de esta formación y tuvo en el Blairismo sus años de esplendor. La segunda alternativa enlaza más con el perfil del actual líder y su trayectoria como “verso suelto” en el partido.

En consecuencia, puede afirmarse que ambos liderazgos presentan déficits notables. Mientras May proyecta los resultados del 8 de junio casi exclusivamente hacia las futuras negociaciones con la UE, Corbyn se decanta por priorizar un mensaje doméstico en función del cual, los principales enemigos de sus compatriotas (en particular, el binomio austeridad/desigualdad) siguen habitando en Reino Unido y los personifica el Partido Conservador. Al respecto, el argumento que más ha repetido tras su reciente “éxito electoral” señala que “las políticas del laborismo son populares. Ofrecemos esperanza real. La gente pudo ver esto y por eso nos votaron. Ellos saben que sólo el Partido Laborista trabajará para la mayoría”.

En definitiva, esta concatenación de acontecimientos genera como resultado un Reino Unido plagado de interrogantes que reflejan con nitidez que la recuperación íntegra de la soberanía (política y económica) asociada al Brexit era una quimera. Los buenos resultados cosechados por los tories en Escocia, pasando de un diputado en 2015 a 13 en 2017, deben considerarse un premio de consolación, a pesar de que ofrecen poderosas razones a quienes defienden la unidad e integridad del país, características siempre perceptibles en la escala de valores del Partido Conservador.

 

Dr. Alfredo Crespo Alcázar

Profesor colaborador en el Grado de Relaciones Internacionales de la VIU