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Gracias Rosetta. Gracias Philae

  • Por Antonio Pérez Verde
  • 3 octubre 2016

El 12 de enero de 2003 era el día en el que el cometa 46P/Wirtanen empezaría a convertirse en el más mediático de los últimos tiempos. Pero no lo fue. Unos problemas en el cohete Ariane 5 impidiendo el despegue de la sonda que nos revelaría sus más íntimos secretos. Estos contratiempos hicieron que se retrasase el lanzamiento y se perdiera la ventana para alcanzarlo. No quedó otra opción que cambiar el objetivo y, por supuesto, la fecha de lanzamiento.

Con 46P/Wirtanen descartado, el cometa que tendría el honor de convertirse en el más mediático fue el impronunciable 67P/Churyumov-Gerasimenko, un cuerpo de 4 Km de largo y 2 Km de ancho. La fecha elegida para volver a lanzar el Ariane 5 fue el 2 de marzo de 2004 y, en esta ocasión, el cohete puso rumbo al espacio correctamente con su valiosísima carga: la sonda Rosetta y el módulo Philae, un tándem de la ESA que cambiaría la historia de la exploración espacial.

Y aunque la distancia que nos separaba del Churyumov-Gerasimenko en el momento del lanzamiento era de unos 511 millones de Km, su viaje tendría mucho más recorrido: 6.400 millones de Km, un viaje 12 veces más largo que emplearía 10 años con un itinerario que pueden ver en este vídeo y que contenía tres sobrevuelos a la Tierra, un sobrevuelo a Marte y dos vuelos cercanos a los asteroides Lutetia y Steins.

Tal vez muchos de ustedes se cuestionen lo siguiente: ¿Por qué no se viaja en línea recta en lugar de dar un viaje lleno de espirales? Siempre se ha dicho que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, pero en el contexto de los viajes espaciales, la línea recta no suele ser la opción más económica. En este caso, con los sobrevuelos a la Tierra y Marte se ahorró una cantidad de combustible tal que hizo el viaje posible, porque de haber ido en línea recta se hubiesen necesitado unos tanques de combustible tan grandes que ya de por sí sería inviable sacarlos al espacio.

Tras diez años de viaje, Rosetta comenzó a orbitar al cometa el 6 de agosto de 2014 y nos ofreció imágenes de tal calidad que parecía que el cometa estaba ahí delante, frente a nuestros ojos. Lejos de parecer una bola de nieve sucia como se cataloga a los cometas, este cuerpo no es una bola, sino dos ya que está formado por dos cuerpos cuyo origen es independiente (M. Massironi et al, 2015). Estos cuerpos colisionaron a baja velocidad y dieron la peculiar forma al cometa (M. Jutzi & E. Asphaug, 2015)

Pasados poco más de tres meses de la inserción orbital de Rosetta, el 12 de noviembre de 2014 fue un día que quedará marcado en la historia de la exploración espacial ya que el ser humano logró aterrizar de manera controlada un objeto artificial en la superficie de un cometa. Y aunque el aterrizaje no fue tal y como se esperaba, después de tres rebotes Philae quedó estabilizado en un lugar distinto al elegido. Esto hizo que la luz que recibió en su viaje a lomos del cometa fuera notablemente inferior que si hubiese aterrizado en la zona J, bautizada como “Agilkia”, el lugar correcto. Aun así, Philae pudo realizar gran parte de su trabajo.

Uno de los datos más relevantes que nos ofreció esta misión es el descarte del origen del agua de nuestros océanos por parte de los cometas, y es que el agua analizada en el Churyumov-Gerasimenko no coincidía en proporción de isótopos con la que encontramos  en la Tierra, por lo tanto, no es correcto afirmar que el agua de la Tierra procedió de los cometas (K. Altwegg et al, 2015), o al menos, de los JFC (Familia de Cometas de Júpiter). Ahora, los científicos se están planteando otra fuente para el origen de nuestras aguas: los asteroides.

Otro resultado obtenido descartó la existencia de un campo magnético alrededor del Churyumov-Gerasimenko, algo contrario a lo que muchos pensaban, ya que se ha visto que los campos magnéticos son producidos exclusivamente por el viento solar. Y esto lo sabemos porque durante el descenso de Philae, la magnitud del campo magnético se mantuvo constante en todo momento, indicando que es independiente al cometa (Hans-Ulrich Auster et al, 2015). Y no solo eso, sino que cuando el cometa se iba aproximando a su perihelio en julio de 2015, se desarrolló una zona diamagnética alrededor del cometa dentro de la cual no existía ningún campo magnético, ni siquiera el producido por el viento solar (C. Goetz et al, 2016).

Pero si leen el título de este texto, suena a despedida, y así es. Como les dije, el 12 de noviembre de 2014, Philae aterrizó en un lugar distinto al elegido y no recibió toda la energía solar necesaria para un funcionamiento óptimo, por lo que tras enviar todos los datos recogidos en sus 45 horas de funcionamiento, entró en modo de hibernación. Más tarde, desde el 13 de junio de 2015 hasta el  9 de julio de ese mismo año, se recibieron señales esporádicas de Philae. Después de más de un año sin comunicación la ESA decidió el pasado 27 de julio cortar definitivamente los intentos de comunicación con el aterrizador.

Como pudieron leer, no solo hay agradecimientos para Philae: además los hay para Rosetta porque también es el momento de despedirnos de ella. Pero ese momento aún no ha llegado, ya que será el próximo 30 de septiembre. Tendrá un final digno, merecido, espectacular, ya que se intentará realizar un aterrizaje controlado sobre la zona Ma’at del cometa para obtener sus últimos datos. De este modo Rosetta y Philae volverán a estar unidos, esta vez por el cometa al que han convertido en el más mediático de los últimos tiempos.

Ahora, solo nos falta repetirlo: gracias Rosetta y gracias Philae por hacer que el Churyumov-Gerasimenko se metiera en nuestros hogares como uno más de la familia.

 

 Vídeo: Vídeo de la ESA para conmemorar el aniversario del aterrizaje de Philae sobre el cometa Churyumov-Gerasimenko.

 Imagen: Imagen del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko tomada por el instrumento NavCam el pasado 18 de julio de 2016 cuando Rosetta se encontraba a 9,5 Km del núcleo del cometa. La imagen se corresponde con un ancho de 700 metros y la escala es de 0,7 m/píxel. Créditos: ESA/Rosetta/NavCam.

 

Antonio Pérez Verde

Colaborador docente del Máster de Astronomía y Astrofísica de la Universidad Internacional de Valencia.